La gratitud que los retos pueden inspirar

Estoy segura que ya han visto o escuchado el reto de gratitud en las redes sociales. Funciona así: cada día por un periodo de tiempo fijo, escribe tres cosas por las que te sientes agradecido/a. Decidí participar en el reto con mi grupo de estudiantes de maestros de yoga en Monterrey, México en nuestra página privada de Facebook y en una pequeña libreta en la mesa del café con mi esposo. Tenía curiosidad de saber si sus efectos eran tan positivos como la gente los describe. Varios de mis amigos afirmaron que su participación en el experimento había incrementado notablemente sus sentimientos de bienestar, positividad y felicidad. Al ser de espíritu científico de corazón, amo conducir experimentos personales, así que le di una oportunidad al reto. Cada día durante dos semanas anoté tres cosas por las que me siento agradecida, describiendo por qué agradezco. La capa adicional de mi experimento es que compartí mis gratitudes sólo con un pequeño grupo de personas, los quince estudiantes y dos asistentes en México en uno de ellos, y sólo mi esposo en el otro. Hacer el experimento con gente que conozco muy bien fue un componente que encontré particularmente útil. Me hizo rendir cuentas a personas que contaban conmigo para contribuir en su motivación tanto como yo contaba con ellos. Esta capa adicional de intimidad le dio un sentido de camaradería y comunidad al ejercicio. El cambio de estado que experimentaba después de sentarme diez minutos a escribir mis gratitudes y leer las de mis estudiantes o esposo, fue notablemente positiva. Frecuentemente terminé el ejercicio sintiéndome más relajada, contenta, y conectada a la tierra. Había reorientado mis pensamientos hacia valorar a la gente hermosa, las cosas y las oportunidades en mi vida, también me adentré en mis relaciones con la gente con la que compartí el experimento y llegué a conocer los detalles más valiosos de sus vidas. Justamente como los testimonios de mis amigos lo confirmaban, los efectos de este trabajo a menudo se trasladaban a un sentimiento más animado y positivo en otras actividades en el transcurso del día.

gratitude journal

Como continuación de este experimento de gratitud y en aticipación del día de Acción de Gracias, el siguiente post del blog es una reflexión extendida sobre algunos lugares, gente y circunstancias a las cuales he estado expuestas y por las que siento gratitud. Aunque parecen no estar relacionados, su hilo en común ha sido que todos, como elementos de influencia personal, me han empujado a salir de mi zona de confort y me han animado a ver mi vida desde una perspectiva diferente, frecuentemente para revelarme verdades incómodas y puntos ciegos personales. Este post rinde homenaje tres de estos catalizadores para el cambio personal: las oportunidades de crecimiento personal que he recibido en Monterrey México; un taxista en Monterrey que para mi fortuna me llevó al aeropuerto; mi casa de la infancia y el anhelo nostálgico y ambivalencia emocional que invoca.

Monterrey, México

He pasado mucho tiempo en Monterrey, México. Voy aproximadamente una vez al mes por un fin de semana extendido para enseñar talleres de yoga y entrenamiento de maestros en español a los yogis viviendo allá. Enseñar en México es una de las cosas más satisfactorias que hago, es una oportunidad de entrar a otra cultura y hablar la lengua de su gente. Mis estudiantes allá trabajan arduamente, son personas de alto rendimiento con familias, profesiones demandantes, y grandes sueños. He crecido mucho durante los últimos años gracias a estas relaciones. Después de cada fin de semana de enseñar en Monterrey, me voy con un sentimiento de gran satisfacción y también total agotamiento. Enseñar entre 4-9 horas cada día en español es uno de los ejercicios mentales más rigurosos a los que me someto. Por esta razón, a menudo anticipo el viaje con ansiedad. Tengo pesadillas la noche anterior en las que completamente olvido cómo hablar español y, frente a todos los estudiantes me vuelvo incapaz de expresarme coherente e inteligiblemente. Este sueño, he llegado a sospechar, significa mi miedo a perder el control y al fracaso – un miedo que me persigue frecuentemente y para superarlo he tenido que adaptar estrategias saludables y no saludables. Este miedo ha sido un continuo aspecto definitorio de mi personalidad y probablemente es un gran responsable de muchas de mis fortalezas así como de muchas de mis debilidades. Gracias al trabajo personal que he hecho a través de los años en terapia y yoga, he llegado a verlo como uno de mis grandes maestros.

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El taxista

Además de estar mentalmente agotada, viajar sola por Monterrey puede ser un poco estresante. Las estadísticas muestran que Monterrey se ha vuelto más seguro en los últimos años, pero su gente sigue cayenddo víctima de actos de terror y violencia por parte de extorsionadores, secuestradores, y actividad relacionada con los cárteles de la droga. No es raro ver militares armados portando sus armas automáticas de gran potencia al aire libre en la parte trasera de sus jeeps. Además del riesgo de ser víctimas de la delincuencia, Monterrey también es conocido por sus autopistas de tráfico atascado y conductores agresivos. En este último viaje, al emprender el camino de regreso a casa al fin del último módulo del Entrenamiento para Maestros, YogaWorks 200hr, tomé uno de los viajes en taxi más angustiosos que haya tomado. Fue un viaje que me atemorizó pero que también inspiró un cambio de paradigma en el punto exacto del tiempo en que lo necesitaba

En este viaje en taxi, por la pura fuerza de su personalidad, el taxista sacudió mi actitud ante mi trabajo hacia la línea correcta. El momento llegó a tiempo preciso. El año pasado, de viajes y enseñanza de entrenamientos y talleres alrededor del mundo incluyendo ocho visitas por separado a Monterrey, me había enviado por la vía rápida a consumirme y al agotamiento. Aquí hay un poco sobre él y lo que me enseñó:

El taxista era un hombre de baja estatura, robusto, y exuberante a prinicipios de sus 60s con un amor infeccioso por la conducción y el canto. Las canciones que sonaron en la radio eran de un estilo único de música mexicana conocida como Corridos Norteños. Estas canciones suenan muy parecido a la música polka que era popular en mi pueblo natal de Wisconsin mientras yo crecía, pero las historias que cuentan sus letras pueden incluso poner en vergüenza a la música country más picante, otra música familiar de mi infancia. En los Corridos Norteños, los cantantes, siempre hombres, cantan sobre escandalosas historias de amor, sórdidos encuentros sexuales, embriaguez extrema, y a menudo ejecuciones violentas con la ley y justicia vigilante. Normalmente pido no escuchar música durante los viajes en taxi. Tienden a causarme mareos y la elección de música del taxista me marea más. Sin embargo, este hombre estaba disfrutando tanto de sí mismo – se sabía cada palabra de cada canción y cantaba con tanto gusto – que para mi sorpresa yo también empecé a disfrutar. Su pasión era infecciosa. En el espejo retrovisor vi sus brillantes ojos lanzarse como dardos a través de la autopista que se desplegaba, a la caza de su siguiente maniobra entre carriles. De vez en cuando lanzaba miradas hacia mí para medir mi reacción a su interpretación. Como yo no podía hacer otra cosa más que sonreir, él parecía muy complacido consigo mismo, no sólo porque él se estaba divirtiendo sino porque, sino porque vio que yo también.

Además de gustar de los Corridos Norteños, este taxista claramente amaba conducir. Con agresión atlética y gracia, encontraba éxtasis en la emoción de cambiar de carril rápidamente. En algún punto se lanzó drásticamente cruzando cinco carriles de tráfico y, con burbujeante alegría exclamaba “¡Aquí voy! ¡Aquí voy! ¡Ando sin permiso! ¡Somos solo el volante y yo!”. Batió nuestro pequeño taxi verde sin cinturones de seguridad adentro y fuera del tráfico cantando y balanceándose con el movimiento de la música y el vehículo. “Es la música”, exclamó. “¡Todo se trata de la música!”

En la mayoría de los casos como este mi estómago se empezaría a voltear, pero no sucedió en este caso porque no había nada errático en su manera de conducir. En los caminos, había tallado para sí mismo un punto de vista definido con un enfoque practicado hasta el punto de la maestría. No tenía prisa. Estaba en un estado de flujo. Por primera vez ese día, abrí los ojos a la extensión de torres lujosas de la ciudad, su bosque de anuncios espectaculares enmascarando las vistas de las montañas vendiendo estilos de vida fuera del alcance de la mayoría de la población. En la distancia, las montañas majestuosas de Monterrey envuelven la ciudad protegiéndola en una abrazo que define el espacio. El día se iluminó, pero no sólo por el sol que se elevaba.

Mientras el tráfico empeoraba, él tenía más energía. Era tiempo de juego y él se encontraba en su elemento. Los desvíos y esquivos anteriores a ese punto habían sido un calentamiento para lo que se convertiría en técnica aplicada al tipo de arte de su elección. En cierto momento, exclamó alegremente, “Esta gente decide salir a conducir al mismo tiempo! Copiones! ¡Yo salí a divertirme, mientras ellos van a trabajar! Intermitentemente tomaba un descanso de cantar las canciones de la radio, para bajar el volumen, ver a través del espejo retrovisor, guiñar su ojo e invitar a una conversación con declaraciones y preguntas extrañas y provocadoras. Estos iban desde temas como de dónde soy, seguido por si había llevado el Ébola a México; si había encontrado un novio mexicano, a lo cual respondí que tengo esposo, a lo cual él respondió repitiendo la pregunta; si yo pensaba que los doctores en África estaban conduciendo experimentos con la pobre gente africana, a lo cual respondí que era de mi conocimiento que estaban allá para ayudar; y que si tenía hijos, a lo cual respondí que no, a lo cual él respondió rápidamente con la pregunta de cuándo los voy a tener. Tras cada pequeña conversación, tomaba un descanso para volver a sumergirse en canciones y manejo del volante. En cierto momento me dijo que la gente de Monterrey ama a todos sus visitantes, que todos se alegrarán cuando yo vuelva, pero que sea tan amable de no traer el Ébola. También expresó su esperanza en que Dios me bendiga con un niñito fuerte o una hermosa niñita.

Me siento agradecida por el momento en que sucedió este viaje al aeropuerto. El taxista no pudo haber entrado a mi vida en mejor momento. Me asustó increíblemente, pero también me hizo despertar y me recordó de la pasión que ambos compartimos por nuestro trabajo. Me recordó que, como en este día, la mayoría de los días, mi trabajo no se siente como trabajo, sino como una catarsis de autoexpresión. Recordé cuánto he crecido durante el año pasado, cuán enriquecedoras han sido mis experiencias, cuán afortunada soy de tener un trabajo que adoro. Yo me considero una maestra de yoga todavía relativamente nueva – he estado enseñando por tan solo 7 años. Algún día espero demostrar la maestría de los maestros a quienes admiro y con quienes estudio y todavía aferrada al tipo de pasión que comparto con el taxista. Fue un encuentro inspirador y una lección de que el agotamiento por sí mismo puede convertirse en objeto de gratitud cuando se ve como un subproducto de una carrera alimentada con amor.

El momento de este encuentro también fue afortunado ya que desde temprano en la mañana me había estado sintiendo bastante triste. Apenas había dormido la noche anterior lo cual ocurre frecuentemente antes de un vuelo temprano. Los últimos meses de enseñar clases semanales en Nueva York y luego viajar los fines de semana enseñar entrenamientos de maestros me habían dejado con apenas uno o dos días libres al mes. Al acercarme al agotamiento por tanto viaje el año pasado, ha sido difícil encontrar tiempo para el descanso, la introspección y la comunidad. Además, me he dado cuenta a través de los años, que de todas las estaciones, el otoño trae consigo los sentimientos más abrumadores, más notablemente tristeza después de la muerte de mi madre en el 2011.

La casa de mi infancia

Es durante esta época del año cuando me encuentro sintiendo una nostalgia extrema por mi casa de la infancia en Wisconsin, una sitio al que me siento ajena ahora que mi madre se ha ido. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 17. En el acuerdo, mi madre se quedó con la casa en la que yo había pasado mi vida entera y que se encuentra justo al lado del lago por el cual jugaba a lo largo de casi toda mi infancia. En mis ‘vacaciones’ de la universidad y después en mi temprana edad adulta regresaba frecuentemente a la casa de mi madre. Nunca podía pensar en otro lugar en el que preferiría estar. El entorno idílico de mi infancia siempre estuvo como un necesario cambio del escenario de estrés de vivir en Nueva York. En ese lugar encontré seguridad. Sin embargo, tras la muerte de mi madre hace un poco más de tres años, ya no voy para allá. Mi padrastro, con quien he tenido una relación un tanto tensa, aún vive ahí. Con la ausencia de mi madre, el nido ya no se siente como el refugio seguro que fue. Junto con esta pérdida de lugar ha llegado una pérdida de identidad.

Mi casa era especialmente bella en el otoño. Extraño el olor de las hojas acabadas de caer, la vista del lago agitado después de la muerte de las algas, el viento del otoño meciendo la superficie del agua tentándote a probar suerte en la canoa donce podría proceder a frustrar la resistencia de tus brazos, espalda y voluntad de moverte hacia delante. En mis huesos, el otoño significa la venida de las fiestas decembrinas y todas las tradiciones de la celebración que resonaron por mi familia a través de los años. Significa un tiempo de ambivalencia emocional por un lado y por otro una profunda seguridad sentida. Me siento segura con la gente que me formó desde el comienzo, pero a la vez tratando de encajar la estaca circular de mi vida adulta en el hoyo cuadrado de mi crianza. Me doy cuenta ahora que mucho de esa ambivalencia giraba en torno a mi relación con mi madre. Ella fue mi más influyente modelo a seguir para entender cómo mostrar y recibir amor incondicionalmente, cómo ver lo mejor de la gente y cómo perdonar. Ella era también una devota, conservadora cristiana evangélica cuya hija había crecido para convertirse en una neoyorquina, exactriz de teatro vuelta maestra de yoga con inclinación budista. Ella me amaba incondicionalmente pero le incomodába ver en lo que me había convertido. Compartía con ella los detalles de mi vida en dosis pequeñas y manejables. Anhelo más tiempo para seguir compartiendo, pero la exploración de nuestra relación se ha estancado para siempre. Mi gratitud recae en saber que mi madre se sentirá cercana a mí incluso en la muerte si yo continúo explorando nuestra historia. Nuestra historia seguirá evolucionando a través del tiempo mientras yo persiga entenderla y entenderme a mí.

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Los retos de gratitud en Facebook me invitaron a recordar todo lo bueno que ha pasado en mi vida, pero más interesantemente, también atrajeron mi atención hacia los retos que he encarado. Me han inspirado a reflexionar cómo estos retos me han ido formando, cómo me han dado la fortaleza para preguntar más profundamente quién soy hoy, y cómo me han recordado en quién me quiero convertir. Estoy agradecida por la textura que estos retos le han dado a mi personalidad convirtiendo mis asperezas en suavidades, volviendo blandos mis puntos duros, y vistos mis puntos ciegos.

Epílogo

Poco después de terminar de escribir este post lo envié a mis amigos para recibir retroalimentación y lecturas de prueba y salí rápidamente de mi apartamento para entrar al metro y dirigirme hacia el sur a una cita. Una vez bajo tierra, el metro llegó de inmediato. Sabiendo que ya iba tarde, saqué mi iPhone para revisar la hora. Al echar un vistazo a la pantalla; mi corazón se detuvo cuando vi la notificación impresa a través de la pantalla bloqueada. Decía, ‘Mamá: llamada perdida’. El número de teléfono de la casa de mi madre todavía está en la lista de contactos como ‘Mamá’. Ya que mi padrastro vive ahí, me imaginé que debió haberme llamado, lo cual nunca hace. Al salir del subterráneo, revisé si había dejado algún mensaje de voz, pero no lo hizo. Quizás me había marcado accidentalmente, pero eso no es probable de una línea terrestre. Quizás había esperado hablar conmigo en persona. Quizás se sentía triste como yo y quería escuchar el timbre de la voz de mi madre en la mía.

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Nunca he tenido una opinión fuerte acerca de la existencia de fantasmas, sin embargo tiendo a pensar que es más interesante creer en su existencia que negarla. En este caso, lo sé con certeza que el momento de esto (coincidencia o no) debe impulsarme al tipo de acción que mi madre tomaría – un acto de perdón y amor. Llamaré a mi padrastro y haré tiempo para una visita navideña. Regresaré a la casa donde crecí, haré una caminata por la nieve y pisaré el lago congelado para escuchar los sonidos de hielo desplazándose como el chasquido de los cables de acero y el sonar de las ballenas gigantes adentro en lo profundo. Disfrutaré de una comida y conversación con mi padrastro y probablemente compartiremos algunas historias y lágrimas también. Mi madré estará presente. Se encontrará en la casa, en la nieve, estará en el lago, y la vida dentro de todo. Ella llamó. Yo responderé.

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